El letal hantavirus ha llegado a Tucumán. El gobernador Juan Manzur y el ex mandatario José Alperovich son dos de los seis políticos más ricos de la Argentina. “Un verdadero planteamiento ecológico debe integrar medio ambiente y justicia, escuchando el clamor de la tierra y el grito de los pobres”, escribió el papa Francisco en su cuenta de la red social Twitter (@Pontifex_es). Todo eso, junto, se hizo público durante la semana que hoy termina. Todo eso, junto, explica los trazos generales de una parte muy importante de lo que nos pasa. De una parte bastante grosera de lo que sufrimos.

El fracaso de las políticas públicas del alperovichismo en materia de Medio Ambiente, y su continuidad con cambio (climático) durante el manzurismo, es tan fulminante que su consecuencia más palpable, hoy, es la incorporación de este territorio al selecto grupo de provincias que padece de una peste mortal transmitida por ratas. Es decir, ahora somos medievales. La premodernidad es un elogio. Y la Independencia, en cualquier momento, ya no será conmemorada sino, simplemente, prometida. 1816, por momentos, parece un futuro azul de tan lejano…

No entienden

Ese es el resultado de haber estado -y de seguir estando- gobernados por millonarios. O, para ser más específicos, por estos millonarios. Algunos (para tomar prestadas categorías de la feudalísima Rusia del zarismo), antiguos millonarios con títulos. Otros, nuevos millonarios sin papeles.

Estos millonarios gobernantes de por aquí proceden como si la pobreza fuese incomprensible. Se apiadan de la pobreza; o la asumen como una cosa propia de vagos de miércoles. Consideran a los pobres como víctimas; o como familias borrachas que dejan solas a sus hijitas que terminan asesinadas por abusadores. Pero cualquiera sea la pose (porque sólo están posando, ya como humildes dirigentes arremangados que saben que queda bien parecer que se sienten mal frente a la miseria; ya como indignados representantes que comparan a los paupérrimos con pedazos de animales) sus acciones siempre trasuntan que la pobreza es algo que está más allá de la razón. Inclusive, más allá del tiempo. O, en sus propias palabras, “siempre hubo pobres”. De lo que resulta que la evolución natural puede entenderse, pero la evolución social no. Tal vez sea por ello que la primera parece ser varias veces más veloz que la segunda.

Acaso sea por esto que los millonarios gobernantes y cogobernantes que asumieron hace 12 años con un Presupuesto provincial de $ 2.000 millones, y que hoy administran $ 43.000 millones, no hayan reducido la pobreza 22 veces, en directa proporción con el aumento del erario. Es decir, lo conseguido durante esa década permite inferir que no se buscó luchar contra la pobreza sino dotarla de alguna comodidad. La democracia pavimentadora no nos dejó ni menos despojo ni más dignidad, sino, apenas, asfalto de cuarta y mucho cordón cuneta.

Ese resultado contextualiza acabadamente la advertencia del pontífice. Las políticas ambientales son uno de los mayores paraguas de protección social que los gobiernos pueden llevar adelante. Por eso, para que sean verdaderas, es indispensable atender a los que menos tienen. Dicho de otro modo, si no se entiende la pobreza (y poco interesan los pobres), ¿por qué va a importar el medio ambiente?

El fracaso consuetudinario de las políticas ambientales en Tucumán, entonces, es trágico, pero coherente. Y, sobre todo, majestuosamente abarcador. No sólo afecta a los pobres sino, en general, a todos los que no son millonarios. Estos millonarios…

No paran

La contaminación atmosférica ha convertido el aire de Tucumán en uno de los peores que se respiran en la Argentina. Si no bastan con los hollines y los hedores provistos incansablemente por la industria azucarera, la propia Universidad Nacional de Córdoba lo certificó durante el alperovichato, en el marco de un estudio solicitado por el entonces ombudsman Jorge García Mena.

Al respecto, el alperovichismo siempre se comportó al borde del desquicio. El propio oficialismo motorizó la Ley 7459, que prohíbe la quema de caña. Tiempo después, la oposición consagró la Ley 7873, o Ley de Caña Verde, que cerraba el círculo, al prohibir a los ingenios recibir caña quemada para moler. Pero Alperovich interpuso el decreto (795/3) para reglamentar la primera norma y con él autorizó la quema de caña como método de cosecha y sólo ordenó reducir el área incendiada a razón de un 5% por año.

El sector azucarero, junto con la industria citrícola, también infesta los cursos de agua. El dique Frontal es el espejo que refleja la cara más sucia de Tucumán; y que también describe qué clase de vecinos somos, porque el embalse queda en Santiago del Estero.

Ahora bien: ingenios y citrícolas al menos han invertido (claro que en distintos grados) en técnicas y tecnologías para atenuar el impacto ambiental de sus actividades. En contraste, el que se mantiene como un contaminador masivo y sin atenuantes es el propio Estado tucumano. La Provincia sigue volcando efluentes cloacales al Salí, hasta el punto de que durante los meses en que no hay molienda cañera, los índices de DBO (demanda biológica de oxígeno) en ese río son alarmantemente parecidos a los que se registran durante la zafra.

Parece que con el Salí no les basta, así que los efluentes cloacales también se vierten a la vía pública de las ciudades tucumanas. Pocas situaciones son tan reveladoras de lo mucho que no le importa el medio ambiente a estos millonarios gobernantes como el hecho de que la provincia con la menor geografía y la mayor densidad poblacional del país tenga un sistema de agua corriente y de cloacas que es cualquier cosa.

Medio Gran San Miguel de Tucumán padece incontables problemas en el suministro de agua potable todo el tiempo (una población está en problemas si, en el año del Bicentenario, da la impresión de que los aljibes de hace dos siglos prestaban un servicio más eficiente). A la vez, surgen fuentes incesantes de aguas negras en cualquier esquina. En la capital donde se declaró la Independencia, la calle Jujuy -uno de los principales accesos- es un arroyo infecto de un kilómetro de largo desde el 2.500.

Y ni hablar del oprobioso aporte de basura domiciliaria de los pueblos del interior. En 2007, la Cruz Roja ya advertía que había unos 800 vaciaderos clandestinos en la provincia. Muchos están a la vera de ríos y de arroyos, que se llevan toda esa porquería hasta Las Termas de Río Hondo en cada crecida.

No escuchan

Justamente, los millonarios gobernantes jamás dieron una respuesta eficiente a la disposición de los desperdicios. Hubo un intento, durante la primera gestión alperovichismo. La Legislatura aprobó entonces por unanimidad una Ley de Tratamiento de los Residuos Sólidos Urbanos. Para no abundar en más detalles, sirve recordar que esa norma transfería la responsabilidad por la contaminación ambiental de los intendentes al Poder Ejecutivo provincial. Alperovich, por supuesto, intentó modificarla mediante un Decreto de Necesidad y Urgencia; y entonces ocurrió lo impensable: la Cámara que presidía Fernando Juri rechazó el DNU. El principio del final de la sociedad política entre ambos dirigentes comenzó en ese preciso instante.

En lo sucesivo, el vicegobernador sería Manzur: bajo su conducción, esa norma fue modificada hasta tornarla un texto inútil.

Es más: el Gobierno ni siquiera se ocupó de impulsar, a modo de dar inicio en el cambio de las pautas culturales de los tucumanos, la separación de la basura en los hogares. Ese es otro resultante de estar gobernados por estos millonarios: la separación de los desperdicios es beneficiosa para el medio ambiente; en cambio, transportar lejos todos los residuos, indiscriminadamente, es completamente perjudicial… a la vez que un excelente negocio para el transporte.

Luego apareció el hanta. Y apareció cerca del vastísimo basural a cielo abierto que es Obera Pozo, según denunciaron productores rurales como Miguel Blasco, quien sospecha que su hermana Paula habría muerto de ese mal; y como Fernando Vidal, que en 2010 advirtió por carta documento a las Municipalidades del “Consorcio metropolitano” sobre los horrores que significaba radicar allí tamaña cantidad de porquerías. Como las que se convirtieron en montañas en Pacará Pintado. Como las que lo cubren todo en Los Vázquez.

Claro que así como la protección del medio ambiente beneficia al colectivo social, al colectivo social le cabe responsabilidad en su desprotección. Incontables hábitats naturales fueron borrados de la faz de la tierra por la aberrante extensión de la frontera agropecuaria. Otro tanto ocurrió con el mercado inmobiliario, que a fuerza de urbanizaciones y barrios cerrados también borró los límites entre lo rural y lo urbano.

Entonces, ya no se trata solamente de que estos millonarios gobernantes no escuchan el grito de los pobres, en los términos de Jorge Bergoglio. Se trata, fundamentalmente, de que solamente escuchan lo que dicen otros millonarios. Si es negocio, ¿qué importa el medio ambiente y los que no son millonarios? Es decir, qué importa la mayoría.

Por cierto: ¿le importa a la oposición? La trascendental comisión de Salud del Senado de la Nación es ocupada hoy por la tucumana Silvia Elías de Pérez, y antes lo fue por el tucumano José Cano, quien ahora integra el Gabinete del mismísimo Presidente de la Nación. Ha aparecido hanta en Tucumán, acaso la peor noticia del Bicentenario, pero no se ha tenido noticia de ellos ni de nada que pudieran hacer sus áreas de influencia directa en la Nación.

Tanta es la contaminación que ya las buenas noticias son dudosas. La Nación ha incrementado en dos puntos porcentuales el corte de alcohol en las naftas, lo cual es una excelente noticia para la industria azucarera, que para producir un litro de alcohol genera unos 10 litros de vinazas contaminantes, lo cual es una pésima noticia para el medio ambiente. ¿Adónde va a ir a parar ese residuo? O mejor dicho, ¿a quién?

Los millonarios que gobiernan, estos millonarios, saben producir dinero Y así lo han demostrado acabadamente a lo largo de todas sus plutocracias. La pregunta es si también saben gobernar.